Por Roberto Rodríguez
Aunque a distancia, debo confesar que me acabo de inscribir entre los que estamos cuestionando la manera en que se manejan ciertos comunicadores de nuestro querido Tamboril.
Por no contemporizar con quienes acometen acciones indebidas en el manejo de la administración pública, confieso que hubo comunicadores de mi pueblo que en su batallar contra el alcalde Anyolino Germosén, casi logran cautivarme. Afortunadamente no llegó a ocurrir. Por eso escribo estas líneas.
Ha sucedido en mí justo lo que Robert Cabrera advierte –con una bondad exagerada- que podría ocurrir en el futuro a esos comunicadores.
En mi caso, con las acusaciones por la remodelación del parque Trina de Moya ha sido suficiente, y creo que sobra algo. Me refiero a lo del “crimen ecológico” que se ha traído por los cabellos para motorizar una denuncia que luce ser parte de una componenda incubada en la placenta del “narcisismo periodístico”.
Confieso que no conozco profesionalmente a la nueva generación de comunicadores que tiene mi pueblo, pero eso no quita que sienta satisfacción de que así sea. La comunicación es luz, cuando se quiere que así sea. Eso hace posible el nacimiento de medios cuya función social –así se entiende-- es la de formar, informar y entretener. ¡Ahí hay luz!
Ahora, es de alto riesgo para la sociedad cuando los medios caen en manos desaprensivas que los convierten en instrumentos de sus pasiones, en tribunales sumarios, que ocultan la verdad y que para sembrar el desasosiego, ponen a la colectividad a protagonizar --con palabras que no ha dicho--, acontecimientos que han sido tergiversados.
Desde nuestra adolescencia en nuestra “patria chica”, como decía el poeta Tomás Hernández Franco, entendíamos que el parque Trina de Moya, urgía de alguna remodelación. Incluso hubo políticos charlatanes que con esa promesa –y la de arreglar las calles—embaucaron a mi pueblo en más de una ocasión.
Resulta que ahora --que ha sido atendida esa que era una necesidad perentoria para la imagen de mi pueblo--, hay los que están “disgustados” porque querían que los árboles sembrados nacieran grandes. Ha habido un “crimen ecológico”, dicen.
Desconocen que donde se corta un árbol –en este caso enfermo y quizás viviendo en el lugar equivocado—para sembrar otro(s), apropiado(s), no se está cometiendo un “crimen ecológico”. Se está ampliando el pulmón del medio ambiente. Sólo que hay que esperar.
Entiéndase que no estoy defendiendo al alcalde Anyolino Germosén –a quien no he tenido la fortuna de conocer, aunque sí a su padre, de quien me honro haber sido su vecino y amigo, Ludamé—sino la realización de la obra. No tengo motivo alguno para pasarle un juicio de valor a su persona ni su administración. Lo hago porque entiendo que con la reconstrucción del parque Trina de Moya, se embellece a mi pueblo, como lo embellecen otras obras que ha realizado y que han sido vandalizadas por malos tamborileños que se han dejado llevar por el influjo de la pasión inducida por la mezquindad.
En una palabra, no creo que el alcalde Germosén sea tan bueno como lo pintan sus defensores –es un ser humano--, pero tampoco tan malo como lo venden sus detractores. Como igual creo –hasta que me muestren lo contrario— que con su administración, por lo menos hasta ahora, Tamboril está ganando.
*El autor es Periodista. Dirige el periódico Siglo 21, en Massachussets, Estados Unidos.-
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¿Narcisismo periodístico en Tamboril?
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