Por Johan Rosario
Su sonrisa es limpia, serena como su plante. Sus ojos irradian alegría. Su cara toda es angelical, y en su pecho parece encenderse una llama que ilumina el amor de todo el mundo. Su nombre es uno, único, el de una reina que ha sabido trascender más allá del oropel y la opulencia que otorga el inmediatismo de un certamen de belleza, una niña cuya transición hasta la vida de mujer ha sido superlativa, llena de grandes conquistas, de arrojos impensables en una adolescente de su edad. No puede, ni podría ser otra: su historia ya es estigma, y su vida una historia: Amelia Vega. Esta graciosa dominicana, joven de edad y espíritu, llana en el trato y dueña de un carisma pocas veces visto entre las Miss Universo, resume a la mujer dominicana en la excelsitud de su belleza, en la dimensión amplia de su humildad, en lo apacible de su mirada y, sobre todo, en la franqueza de su hablar suave y profundo.
Nacida en el seno de una familia de clase media, un 7 de noviembre de 1984, en Santiago, República Dominicana, Amelita, como aún prefieren llamarla sus parientes y amigos de la primera hora, concedió a República Dominicana uno de sus más preciados sueños como nación, y lo hizo cuando apenas tenía 18 años de edad: la corona que la acreditó como la mujer más bella del mundo. Pero la dimensión grande de Amelia Vega no estriba en haber ganado este certamen, sino que su mérito mayor, el más preciado por todo el mundo, es el de su sencillez aplastante, de su brillo notable en el escenario. Estas dos características fundamentales, que van de la mano con su descomunal hermosura física, la convierten en una princesa, talvez sin príncipe oficial ahora, pero cortejada desde ya por una crítica mundial que la ha sindicado como prototipo de que la humildad es posible aún en el tope del éxito, de que el orgullo no hace más que envilecer y torcer los buenos sentimientos. Por ello, al cumplir sus 27 primaveras recientemente, Amelia da una soberbia demostración de grandeza al consolidarse como figura exclusiva de varias marcas importantes en Estados Unidos. Esta sobrina del artista de mayor proyección internacional que ha tenido dominicana en su historia, el inmenso Juan Luis Guerra, dice estar en la etapa más interesante de su vida, ya que ha incursionado en algunas áreas de la actuación y pretende probar suerte de nuevo en una de sus pasiones mayores: el canto. Sabemos que talento, fuerza, inspiración y vocación para el arte le sobran. ¿Qué más se puede requerir para triunfar en el mundo del espectáculo?





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