POR DOMINGO CABA RAMOS
Los dominicanos nos solazamos cuando nos identificamos con sociedades cuyo prestigio presumimos está muy encima de la nuestra. Esto se pone de manifiesto en el uso cotidiano de nuestra lengua
No sé si se trata de una característica atribuible al género humano, pero lo cierto es que los dominicanos nos solazamos cuando nos identificamos con sociedades cuyo prestigio presumimos está muy encima de la nuestra. Esto se pone de manifiesto en el uso cotidiano de nuestra lengua, la cual suele presentarse abarrotada de voces procedentes del inglés, lengua esta que por pertenecer al imperio de cuya economía dependemos, su uso parece prestigiar al hablante que la práctica. Tal práctica supone una negativa precepción de la mayor parte de los dominicanos acerca del español hablado en el país.
“Resulta muy fácil comprobar el sentimiento de inferioridad lingüística de los dominicanos, – apunta, al respecto, el destacado lingüista, investigador y profesor universitario, Orlando Alba – que se manifiesta frente al español que se habla en otras partes. Según los estudios realizados por Alvar (1986), Turley (1998) y Alba (2004), - amplía Alba - muchos dominicanos muestran una actitud despectiva hacia su propia manera de hablar. La consideran menos correcta e inferior a la de otros países hispánicos” ( La identidad lingüística de los dominicanos, Editora Búho, 2009 )
Los ejemplos sobran:
En el seminario empresarial, el instructor nos anuncia que “en este momento haremos un “breik” para pasar al salón del lado a “lonchar” o disfrutar de un “coffe break”
Un viernes en la tarde me detengo a comprar un jugo en un establecimiento identificado con el nombre de” minimarkert”, y allí escucho la voz de un joven que le dice a otro , con la más sorprendente naturalidad, más o menos lo siguiente:
«En el “car wash” del lado me están lavando el carro. Desde que esté listo, arrancaré hacia el salón “D’Angelo Estilo”, cerca de “Ochoa Motors”, para que me den un buen “look” o resalten mi envidiable “sex-appeal”; porque desde esta noche me iré de “weekend” y hasta el lunes nadie me para. Si quieres, te recojo en el “lobby” del hotel, y “full time” nos iremos de parranda. Y si por el contrario deseas irte solo, puedo entregarte el número de teléfono de la “rent card” de un gran amigo mío, en donde te pueden alquilar un carro por buen precio»
Para las mentes transculturizadas, “gay” se oye mejor que homosexual; “marketing”, mejor que mercadotecnia; “feedback”, mejor que retroalimentar; “okey”, mejor que está bien; “bai” (bye) o “babai” (bye, bye) mejor que adiós; “happy hour”, mejor que hora feliz. Y en lugar del muy hispano y dominicano “¡Hola!”, distingue o prestigia más responder “¡jelou!” (¡hello!) a quien nos llama por teléfono.
Y, como si todo eso fuera poco, en el departamento de igualas médicas de una prestigiosa clínica de Santiago se lee el mandato u ordena a los asegurados, dominicanos casi todos, a que “Please take a number”, así, solo en inglés. Y en la puerta de de entrada y salida de un clausurado restaurante ubicado también una de las urbanizaciones de la Ciudad Corazón, se agradecía la presencia a los clientes , también dominicanos en su mayoría, no con nuestra criolla “Muchas gracias”, sino con la anglosajona inscripción “Thank you”.
En virtud de semejante práctica lingüística, no hace tanto expresaba yo, en un artículo publicado en este mismo medio, que: “En nuestro país, para florecer y crecer necesitamos de otros aires y otros soles. El paisaje nativo nos produce nauseas. El cielo extranjero nos deslumbra. La inscripción “Made in” nos embriaga, y pletórico de emoción compramos en los Estados Unidos el pantalón que se fabrica en una de nuestras zonas francas…”
Cada vez que me encuentro frente a realidades lingüísticas como las antes señaladas, necesariamente tengo que preguntarme:
¿Todavía somos dominicanos?





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