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Cuando el Nobel es periodista


Imagen-MarioVargasLlosaPiedradeToque

Mario Vargas Llosa tenía 15 años cuando comenzó a ser reportero en el periódico La Crónica de Lima (Perú). Empezaba a correr la década de los cincuenta del siglo pasado y eran, dice, “los tiempos del periodismo prehistórico.” El director del diario llegaba todos los días a trabajar montado en una mula y la Redacción no podía ser más modesta: mesas y sillas apolilladadas, viejas y ruidosas máquinas de escribir, hojas de papel desperdigadas. Vargas Llosa, que todavía era “Marito” o “Varguitas”, se encargaba de las notas policiacas. El suyo era el mundo de la noche, los bares, los burdeles, las calles llenas de malandros.

Una vez asesinaron a una prostituta en el Hotel San Pablo del barrio limeño El Porvenir. El reportero fue en busca de los detalles del suceso y cuando logró esquivar a los policías que rodeaban el cadáver se topó con la muchacha apuñalada. “Fue el primer muerto que vi y me quedé impresionado. Además, los policías hacían bromas sobre esa mujer con demasiada naturalidad, sin ningún pudor. Experiencias como esas me marcaron mucho. Tanto que tal vez sin ellas no hubiera podido escribir una novela como Conversación en la Catedral. He de reconocer que muchos de los personajes del libro nacieron de experiencias periodísticas de ese tipo”, contó en una conferencia con motivo del tricentenario de la Biblioteca Nacional de España. 
   
Ahora, aquel ex reportero que recibió el Premio Nobel de Literatura en 2010 ha publicado su obra periodística en tres tomos. Piedra de Toque (Galaxia Gutemberg/Círculo de Lectores) es la compilación de sus columnas escritas a lo largo de 50 años (1962-2012). Son cientos de artículos en los que aborda asuntos políticos como las dictaduras o las revoluciones, problemas sociales, temas artísticos y culturales, reseñas literarias, semblanzas… Es, afirma el autor, “una autobiografía política e intelectual que escribí, prácticamente, sin darme cuenta. Lo interesante es que varios de estos textos de algunas de mis novelas.”


Si su columna (actualmente publicada no sólo en EL PAÍS sino en varios periódicos del mundo) y esta antología se llaman así es porque un día el autor encontró en el diccionario que la piedra de toque es la que sirve para medir el valor de los metales: “y me gustó para medir el valor de las cosas de la actualidad”, dijo. Quizá la importancia de estos tres volúmenes resida en que constituyen el reflejo de la “evolución ideológica” y de los “asuntos propios” de Vargas Llosa. Comienza a escribir desde la izquierda: a favor de la Revolución Cubana y de la descolonización de África. Después transita hacia “posiciones más liberales”, como él mismo las califica. Defiende el aborto, el matrimonio homosexual, la legalización de las drogas. En lo económico, ya se sabe: siempre ha sido más “conservador.” Perú y España, sus dos países, acaparan la mayoría de sus reflexiones. No se olvida, nunca, de América Latina y de Europa. Se fija en las acciones de los principales líderes mundiales: Margaret Thatcher, Nelson Mandela, Barack Obama. Y jamás hace a un lado a los escritores y sus obras: los maestros y los contemporáneos. 

Pero antes de ser columnista, el narrador que quiso ser presidente de su país trabajó en la radio. Y de esa etapa también guarda recuerdos de experiencias que, más tarde, afianzarían su literatura. “En una ocasión, recibí el mismo día dos teletipos: uno, en el que los soviéticos ponían en órbita el primer satélite, y otro, en el que Tegucigalpa celebraba la llegada del alumbrado público. Es, por ejemplo, un hecho muy literario, ¿no?”, recuerda.

Todas las mañanas, después de hacer ejercicio, Mario Vargas Llosa lee los periódicos con sumo detenimiento porque “son una fuente extraordinaria de temas.” Tiene en su mesa de trabajo un periódico inglés, uno francés y uno o dos españoles. Y los lee desde el principio hasta el final  “como un maniático de la letra impresa.” Gracias a esto, dice, su esfuerzo se centra luego en “comentar algún suceso de actualidad que me entusiasme, irrite o preocupe, sometiéndolo a la criba de la razón y cotejándolo con mis convicciones, dudas y confusiones.” Es que para él, el periodismo es “esa brújula que nos permite encontrar caminos y direcciones en el laberinto en el que nos sume la historia cotidiana.” Debido a ello, agrega, “no hay mejor manera de medir el grado de libertad de un país que consultando su prensa.”

El periodismo también le enseñó a investigar. Se sienta a escribir un libro sólo después de haberse sumergido en decenas de libros y archivos, de haber viajado y conversado con “gente que sabe” de los temas y las épocas de las que se ocupa. Escribir artículos, reconoce, le da una destreza o mayor facilidad para hacer sus libros y, sobre todo, vitalidad para contar: experiencias. Quizá por eso echa de menos sus años de reportero. Quizá por eso, hay momentos en que la nostalgia lo invade. “Cuando empecé era una profesión bohemia, que se ejercía dentro de una pecera de humo de cigarrillo. Y los periodistas eran gente que trabajaba hasta altas horas y luego salían directamente a pecar. Estaban en el límite entre lo decente y lo indecente, la vida pública y las catacumbas... Hoy eso ha cambiado mucho, son profesionales liberales y las redacciones se parecen más a una farmacia suiza que a lo que yo conocí.” EL PAIS

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