Banner3

Banner3
Loading...

La odisea de coger pa' Nueva Yol

Dicen que New York es la ciudad que nunca duerme, pero irónicamente llegar a ella es el sueño de miles de dominicanos. La gran manzana se convirtió en un paraíso perdido cuya ruta ha sido trazada por una mortífera mezcla de desesperanza e ingenuidad, pues, llegar allí, es como la panacea de todos los males, como si fuese la piedra filosofal de los alquimistas del medio evo. Ahora bien, algo hay de siniestro e irracional en esa fijación que muchos dominicanos sienten por New York, traspasando la enajenación mental de mentes susceptibles de ser narigoneadas por la más tenue promesa de prosperidad. ¿Cómo es posible que gente que ya tiene su vida hecha abandone sin ton ni son a sus familias para vivir tal odisea? Se adjudica el susodicho comportamiento a carencias económicas pero al ver la irracionalidad de dicha resolución nos damos cuenta que aquí hay gato entre macuto.

Al dominicano es con lo que se le coge

Vitico tenía un carrito de comida rápida, y por día hacía unos 1,200 pesos. Su prudente manejo de las finanzas hacia que este dinerito alcanzase para mantener a su único hijo y de vez en cuando sacar a su concubina a una cabaña de lujo, ah se me olvida que también era prestamista y tenía un carro de concho alquilado por el cual le daban unos 500 pesos diarios. Hasta aquí todo iba bien, solo que él vivía quejándose de la situación, a pesar de ganar alrededor de los 60,000 mensuales y de ser por costumbre austero. Tanto se lo repitió que llegó a forjarse en su entorno un aura pesimista. Fue entonces cuando las cosas de verdad comenzaron a ir por mal. El niño gravemente enfermo, el carro chocó, etc. Fue así como se le ocurrió la genial y brillante idea de buscar mejor suerte en New york.

Hizo el serrucho

Vendió el carrito y el carro chocado, cobró el dinero regado en la calle, dejó a su mujer con 30,000 en manos como aguante en lo que él metía mano por allá. Vitico consiguió su machete y logró cruzar fronteras de forma fraudulenta. Ni qué decir que una vez allá las cosas comenzaron a tomar su auténtico color, su familiar lo echó al mes, por suerte logró conseguir un empleo en una bodega pero tener que pagar un alquiler hacia hoyos en su bolsillo. En ese trajín pasó dos años y cuando por fin decidió volver a su país se encontró con la sorpresa de que su mujer vivía con otro. Consiguió un carrito de comida rápida de mala muerte, abrió su punto una vez más pero para entonces la suerte le había retirado la mano. Desde entonces todo fue en desgracia.

El locoviejismo como enfermedad criolla

Decenas son las historias de dominicanos a los que a pesar de no irles mal en su tierra natal de repente les coge con buscar lo que no se les ha perdido yendo a parar a la capital del mundo. Allí quedan reducidos al anonimato, absorbidos por el engranaje de esta gran urbe. Para ellos su error les hace sentencia en la frase «Todo tiempo pasado fue mejor», nuestra dominicanidad es imperfecta, tal cual todo lo que está debajo del sol, tiene máculas y son ellas quizás la fuente de muchos de nuestros desatinos. Es lo que yo llamo «El mal del locoviejismo del dominicano», un malestar capaz de afectar a cualquier quisqueyano. Cuando estés dando tumbos y desatinos, haz un alto y revísate: es posible que estés en medio de un ataque de dicho mal. Toda una enfermedad arquetípica que solo afecta al bicho dominicano. *Tomado de Duarte101.com

0 comentarios:

Publicar un comentario

Vistas de página en total