Es normal que los enamorados se dediquen arrumacos e intensos “te quiero”, pero los hay para quienes el “sólo vivo por ti” se convierte en una declaración literal de intenciones: son los adictos o dependientes emocionales.
Es lo mismo mal de amores que mal amor? Lo que los antiguos llamaban mal de amores; es decir, la enfermedad que acechaba a las jóvenes que languidecían consumidas por algún tipo de plaga que les chupaba la sangre, parece ser que no era otra cosa que tuberculosis o anemias ferropénicas. Los malos amores, que diríamos ahora, no tienen nada de físico y sí mucho de psicológico. Querer es bueno; querer demasiado, no. Con ayuda de dos expertos, Jorge Castelló, psicólogo y autor de Dependencia emocional. Características y tratamiento, y Carmen Serrat, psicóloga, especialista en terapia de pareja y autora de Terapia de parejas (Alianza), analizamos cuándo el amor deja de ser placer para convertirse en adicción y patología.
¿Dependiente o adicto?
Para Jorge Castelló, “conviene distinguir entre ambos conceptos. El adicto al amor puede serlo a una relación y no al resto, mientras que el dependiente emocional tiene tendencia a establecer relaciones adictivas”. Matizaciones lingüísticas aparte, ambos casos se dan en un tipo de personalidad muy especial: “Actúa de forma compulsiva y obsesiva, dándole muchas vueltas a las cosas y no sabe demorar la gratificación de sus impulsos”, señala Serrat. Se da un temor exacerbado a la soledad e inmadurez emocional y en la mayoría de las ocasiones son capaces de aceptar cualquier degradación con tal de no estar solos. La inmadurez emocional, normalmente provocada por carencias afectivas del entorno, les impide establecer lazos emocionales de forma correcta, empujándoles a la dependencia o al rechazo.
En todos los casos de enfermos de amor se produce una pérdida de libertad, pero cada tipo de dependencia tiene sus peculiaridades, que repasamos a continuación.
Adictos a la sumisión
El dependiente emocional clásico o sumiso suele ser mujer. Entre sus rasgos destacan la idealización obsesiva del otro y una desmesurada necesidad afectiva. Manifiestan una tendencia a la sumisión y a la subordinación extremas. “Ese desequilibrio hace que busquen personas con un perfil concreto: déspotas, conflictivos, engreídos... Es un descenso constante a los infiernos que puede llegar a extremos humillantes, como el dependiente que acepta que su pareja traiga a los amantes a casa o la mujer que considera que merece ser pegada”, reflexiona Castelló. Para Serrat, “suelen necesitar un apoyo externo y se aferran a él de forma enfermiza”. Tras esta autodegradación, hay una autoestima muy baja.
Dominantes
El ambivalente provoca adicción. Juega al hoy te quiero, mañana no: “Es como el mecanismo de las tragaperras, crean adicción porque las gratificaciones son intermitentes. Crea en el otro la sensación de que nunca le tiene”, señala Carmen Serrat. Para Jorge Castelló, además de provocarla, el ambivalente también siente adicción; lo llama dependencia emocional dominante. En la personalidad del dominante o ambivalente se dan muchas de las características del adicto al amor, sólo que aquí se revisten de hostilidad y rencor hacia el otro: “Le quieren a la vez que le odian, comparten con el adicto sumiso una necesidad afectiva extrema hacia la pareja a la que necesitan dominar, mientras muestran su hostilidad”, señala Castelló. Normalmente, el dominante necesita del sumiso para su estabilidad: suelen ser ególatras o narcisistas que precisan alguien que les idealice hasta la locura. También son posesivos, por eso pese a lo agobiantes que les resultan los requerimientos de los adictos al amor, tienden a considerarse sus dueños y no soportan que traten de dejarlos. Detrás de muchos casos de violencia doméstica encontramos esta patología. Suelen ser hombres.
Adictos al romance
“Dijo que no me quería, pero yo le quiero, y me da igual lo que diga”. Esta declaración de intenciones se repite muy a menudo en los casos de dependencia emocional: alguien que no acepta la realidad e, incluso, fantasea con la posibilidad de tener relaciones con una persona a la que ni siquiera conoce. Fantasear es sano. Es enfermizo cuando no sabe distinguir entre lo real e imaginario. La negación de la realidad esconde una adicción a la relación: no le interesan tanto los sentimientos de la otra persona como la idea que tiene de ella y está dispuesta a aceptar toda clase de situaciones insostenibles con tal de conseguir esa aventura, es lo que la psicóloga Lucía Sutil llama “adicción al romance”. La representación extrema de estas adicciones son los fans maníacos.
Codependientes
¿Quién no conoce a alguien cuyas parejas son siempre conflictivas: drogodependientes, alcohólicos, enfermos crónicos? Pensamos que se trata de una cuestión de mala suerte, pero es otra forma de dependencia emocional, los codependientes: “Padecen una necesidad compulsiva de sentirse válidos, de aliviar su sentimiento constante de culpabilidad, a través de los cuidados que profesan a otras personas”, indica Castelló.
Adictos al sexo
“El sexo puede generar una adicción muy fuerte. Los niveles de placer muy elevados pueden provocar que la persona se aficione a los estímulos externos que se lo han generado y llegar a extremos de dependencia absoluta”, explica Carmen Serrat. El proceso de adicción es prácticamente idéntico al que se produce con cualquier otro tipo de droga y, de este modo, el adicto puede llegar a poner en peligro su vida para conseguir su dosis. El sadomasoquismo sería la expresión sexual de la dualidad del dependiente emocional sumiso y el dominante.