Por J.C. Malone
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Nueva York.- Como candidato-producto, Mitt Romney resulta tan descorazonadoramente desabrido, que muchos republicanos oscilan como péndulos, entre el aburrimiento y la desesperanza total. Los presidentes republicanos despiertan entusiasmo triunfando en Iowa, ahí el 75 por ciento votó contra Romney. Y barren en el sur profundo y conservador, donde George W. Bush arrasó en las primarias, ganó 67 por ciento en Georgia, 77 en Tennessee y 53 en South Carolina.
A Romney lo rechazó el 75 por ciento en Georgia y 72 en Tennessee y South Carolina; perdió Kansas, perderá Alabama y Mississippi. Ningún presidente republicano gana las elecciones perdiendo las primarias en el “Bible Belt” (cinturón bíblico) de la derecha cristiana sureña.
En Ohio, bastión de obreros blancos, cristianos y derechistas, Bush ganó el 58 por ciento, Romney perdió el 63. Ellos nunca votarán por Barack Obama, pero si Romney no los entusiasma, ¿cómo entusiasmará los independientes? Sin ellos nadie gana.
Romney intenta seguir el consejo de Richard Nixon para llegar a la Casa Blanca, durante las primarias, “corre tan lejos como puedas hacia la derecha, porque ahí está el 40 por ciento de la gente que decide la nominación”. Con la nominación, “huye al centro tan rápido como puedas, porque sólo el cuatro por ciento de los votantes nacionales” son derechistas. A Romney los derechistas lo ven como un centrista y los centristas como derechista. Esas percepciones contradictorias y sus posiciones fluctuantes sabotean su campaña que, además, enfrenta serios problemas financieros. Sus amigos millonarios llegaron al límite legal, no pueden donarle más dinero. Y él tiene pocos pequeños donantes enviándole $25.00 ó $50.00 manifestando apoyo e intención de voto; con ellos ganó Barack Obama.
Romney es el clásico mendigo millonario, gasta millones en anuncios de televisión medigando $20.00. Sin discurso, coherencia, autenticidad ni profundidad, es difícil ser presidente.
