En la última semana los medios de comunicación informaron sobre varias fechas o aniversarios. Que en Cuba se conmemoraban 58 años del Asalto al Cuartel Moncada, que se cumplía un año de las devastadoras inundaciones en Pakistán y que faltaba un año, también, para el comienzo de los Juegos Olímpicos en Londres.
Pero tal vez el día más agendado en las redacciones periodísticas fue el 2 de agosto, la fecha límite para que el Congreso de Estados Unidos elevara el techo de endeudamiento de la mayor economía del planeta.
Se reportaba con alarmismo que, si no había acuerdo entre demócratas y republicanos, el país podía caer en cesación de pagos (default). Es decir que se vería imposibilitado de cancelar los intereses de su deuda pública, lo que hubiese causado graves perjuicios a la economía estadounidense y global.
Dije alarmismo, sí; hablo de una exageración. No obstante, debemos reconocer que ese alarmismo, al menos en su versión más cauta (la previsión de un peligro), tenía alguna base.
¿Por qué?
Bueno, porque una agencia de calificación de riesgo advirtió que le bajaría la nota crediticia a EE.UU., lo que puso a la defensiva a los inversores, que por las dudas aseguraron sus bonos de la deuda estadounidense.
Porque se notó el nerviosismo en las bolsas -en forma de caídas en las cotizaciones- por miedo a lo peor: recesión, desempleo y caída del comercio en el mundo.
Y porque se percibió intranquilidad en los mercados cambiarios y en los bancos centrales de aquí y de allá por las consecuencias que podría tener un default: desplome del dólar, que es la moneda de reserva en muchísimos países.
Todos esos porqués y varios más. Entre tanto, los analistas no hacían más que alimentar los temores, salvo unos pocos que afirmaban que en definitiva nada sucedería.
En fin, fue ante esos "cucos" que la fecha del 2 de agosto fue cobrando el carácter conclusivo y definitorio que en verdad no tenía.
Y los medios de comunicación, admitámoslo, solemos caer fácilmente en la doble trampa de un plazo amarrado a una aparente amenaza de catástrofe. ¿Se acuerdan que hace un buen tiempo se hablaba del Y2K, el "Apocalipsis informático" que supuestamente iba a sobrevenir el 1º de enero de 2000?
Como todos sabemos, al final hubo acuerdo sobre la deuda de EE.UU. y el Congreso le dio el visto bueno (aunque las calificadoras de riesgo aún podrían bajarle la nota al país). Y esto, ya en perspectiva, nos lleva a reflexionar sobre nuestro desempeño al informar sobre el tema.
Nuestra función como periodistas es tomar distancia y tratar de presentar un panorama lo más completo y desapasionado posible, como mandan los principios editoriales de la BBC.
En la redacción de BBC Mundo debatimos varias veces cómo cubrir de la mejor manera el problema del endeudamiento de EE.UU. Nos preguntamos que había de percepción y de realidad en la "crisis" o si había un poco de ambas.
Analizamos toda la primera parte que mencioné, la de los "cucos". Es decir: las advertencias y los hechos detrás de ellas, las consecuencias precisas que podrían tener una nota más baja para los bonos estadounidenses y un default, y los efectos presumibles para China -el mayor acreedor de Washington- y para la gente común.
Pero también nos detuvimos a pensar: un momento, ¿cuáles son las posibilidades concretas de que todo ello ocurra?

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